El rostro de la tierra que mis pies vieron

 

Desde las ventanas de la galería Trama, en el segundo piso del Taller Experimental Gráfica de Guatemala, al otro lado de la congestionada 7ª Avenida, se ve el edificio de una compañía de teléfonos. Abajo, a lo largo de la calle los cambistas informales de divisas ofrecen comprar dólares o euros al precio de cambio del día. La galería está en un centro comercial que es también bloque de apartamentos, y está ubicada en un pasaje sobre la entrada pública del edificio. A ojos vista sus pocas paredes se complementan con ventanales amplios que la conectan al corazón de esta ruidosa ciudad. Este verano el artista de origen dominicano Karma Davis colocó sobre las ventanas transferencias de vinilo, estableciendo una relación entre lo que pasa en la galería y las actividades que transcurrían abajo. Los gráficos de Davis, inspirados en las artes marciales, pirueteaban uniendo, con sus luchas cósmicas, interior y exterior en una mezcla fantástica de colores.

Siguiendo el precedente de Davis, la exposición que presenta en Trama Edgar Calel, un artista residente en Comalapa, también aprovecha los ventanales como espacio intermedio. Sobre las ventanas pinta en el vidrio las palabras Kit kit kit kit una y otra vez con lodo rojo. Las palabras replican lo que ha pintado en la pared lateral exterior de su estudio en Comalapa, un espacio llamado Kit kit como referencia al sonido que hacía su abuela para llamar a las aves en el jardín interior del lugar. Pintar con lodo, dice Calel, es pensar en palabras que se lleva el viento, permitir lo efímero, abrazar el tiempo como algo en perpetuo movimiento. En Comalapa las palabras pintadas con lodo irán borrándose gradualmente de las paredes, lavadas por la lluvia y el viento y el tiempo. En la ciudad, desde luego, quedarán lavadas mucho antes.

En su obra, Calel piensa constantemente en relacionar diversas comunidades y lugares; en esta ventana pintada, las palabras Kit kit kit forman la silueta del paisaje montañoso de Comalapa. De forma muy similar a la que fuera su contribución para la 19 Bienal de Arte Paiz (donde trajo hasta la ciudad piedras de Comalapa), Calel hace visible el espacio rural que conforma el centro de su práctica, y lo hace en el epicentro de una ciudad ansiosa por borrar su relación con el campo, los pueblos y la gente que viven fuera de ella. Si miramos a través del lodo, a través de la canción de las aves, a través de las montañas de Comalapa, apenas percibimos un edificio de la compañía telefónica, los cambistas, las hordas casi inmóviles de tráfico impaciente. 

Vagabundo empedernido, Calel igual llega sin anunciarse a mi casa un sábado por la mañana que aparece en un bus en São Paulo, o en cualquiera de los yacimientos arqueológicos esparcidos por Guatemala. Parece que siempre está en todas partes. Es asombrosamente gregario y generoso con las ideas, dispuesto a hablar de sueños, de arte, del mundo por el que yerra y sus innumerables mitos e historias, de adonde lo llevan sus pies y lo que allí encuentra. La exposición El rostro de la tierra que mis pies vieron tiene como tema la visita que Calel hizo a Brasil en 2014. Viajando por las comunidades kaiowa-guaraníes de la frontera de Brasil y Paraguay Calel llevó para sus anfitriones semillas de maíz de diversos colores, hierbas y calabazas. "Yo tenía muchas ganas de guardar en mi memoria ese momento que había presenciado. Conservar ese tiempo y su atmósfera, junto a sus tonalidades de colores, era un deseo", escribe. El gesto de Calel, un sencillo desafío a las leyes actuales que prohíben cruzar las fronteras internacionales llevando frutas y verduras, semillas y animales vivos, tiene su origen en la importancia de la agricultura y el paisaje en la filosofía de su comunidad, en la vida cotidiana, y en la historia. “Pensé en las semillas, en las personas que habían muerto por retomar sus tierras y volver a vivir de la manera como se vivía antiguamente", escribe. A cambio de su regalo de semillas, la comunidad guaraní-kaiowa que visitó le hizo también un obsequio de agradecimiento: después de pararse descalzos sobre la tierra rojiza de la zona, pisaron (alegres) una página tras otra del cuaderno de notas de Calel, dejándole sus huellas (y las de un perro y un mono doméstico). Esas páginas cuelgan en la pared de Trama cerca de un video que hicieron. Ver a los niños turnarse para pisar las páginas de Calel crea la sensación de ver desplegarse un baile, de cómo es la confianza más inocente y sincera. Estas huellas no sólo son retratos de sus autores, sino también el registro de un instante marcado por el acto de compartir: compartir alimentos, historia, danza, risa. Lo que hace Calel no es algo menor: es, tal vez, el acto más radical de confianza en otra persona, el de compartir con ella nuestro camino, nuestras propias huellas sobre la tierra.

"Coincidir en el tiempo
Cruzarnos y repasar los caminos con los pies descalzos
Alimentarnos de la misma abóbora (calabaza)
Recibir la sombra de un mismo árbol
Comprender que nuestras raíces están vibrando en nuestro rostro cuando un viento sutil tiene contacto con charcos de agua que dejó la lluvia donde nos vemos reflejados."

- LALW

 

*Trama es una galería sin ánimo de lucro que comparte espacio con el Taller Experimental Gráfica de Guatemala en la Zona 1 de la Ciudad de Guatemala y está coordinado por Mario Santizo. Una edición limitada de cuatro grabados de Calel está a la venta para apoyar la exposición.