Oscar Cornejo: Atravesar el corazón, otra vez

 
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Nota: En Mayo 2017 el artista Oscar René Cornejo (basado en Nueva York) visitó Guatemala con la residencia artistica Yvonne. Aquí piensa él en su visita (un regreso a Centro America después de una ausencia de seis años) y su visita al taller de artista Edgar Calel en Comalapa. 


Hacía seis años que había dejado la tierra de los volcanes. De 2004 a 2011 trabajé en el sureste de El Salvador organizando y dirigiendo residencias de artistas que involucraran a miembros de la comunidad donde creció mi madre en programas gratuitos de arte, hasta que las extorsiones hicieron imposible el seguir adelante. Ahora, en mayo del año pasado, me encontraba de vuelta en América Central. Este abrazo del pasado con el presente que me llevaba a la región donde nacieron mis padres recordó el Libro de los abrazos, de Eduardo Galeano. Me atrajo a un hilo de texto en particular: “Recordar: del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón.” Hizo renacer en mí un espíritu de acción que clamaba por un futuro de lucha. Agradezco a Laura por haber labrado la tierra, creando así la oportunidad de este nuevo florecer. El capital cultural y social es muy difícil de cuantificar, pero vuelco en ella y Piedrín la más grande gratitud por haber creado un refugio físico y psicológico para personas desplazadas y exiliadas.

Mis primeros días en Guatemala fueron de recalibraje. Mientras intentaba entender cuál era mi lugar y mi papel en estos tiempos y espacios nuevos, seguía oyendo hablar de Calel. Testimonios orales, anécdotas, y experiencias compartidas me revelaron códigos enigmáticos mezclados con sabiduría coloquial, recuerdos de un espacio familiar que todavía no veía, esperando para ser vividos. Cuando llegó a Yvonne llevaba una camisa de un amarillo intenso. Entró en pleno día irradiando alegría; en su obra hay templanza. Compartió sus fotos –sus pies sobre detalles de la infraestructura urbana que revelaban, escondida, la palabra INDIO– exorcizando el decadente sueño de la modernidad con el coraje y el espíritu estoico de un maya resiliente. Sus carboncillos, gestos quemados del tiempo asentado en la superficie de finas hojas de papel, evocan lo indescifrable. Después de una visita improvisada, de conversación cándida e intercambio de trabajo, salimos hacia una cantina. Me sentía en casa. Escuchamos mariachis y corridos y hablamos de arte, artistas y de la forma en la que entendíamos la comunidad. Calel forma parte de una comunidad más amplia de artistas contemporáneos guatemaltecos cuyas inquietudes comparto aún antes de poder definir lo que compartimos. En el espíritu de los viejos corridos, exploramos las idiosincrasias regionales haciendo visibles, a través del testimonio, transcripciones ocultas: de la canción, letra, palabra, cuerpo, ritual, y artefacto.

Los caminos serpentean hasta Comalapa y se dispersan en calles que me llevaron hasta la entrada de KIT KIT. KIT KIT era la casa de la abuela de Calel, y hoy es un lugar de reunión de artistas y su comunidad. Calel ha untado con lodo las palabras de su abuela, KIT KIT, sobre una capa fina de cal blanca que aísla las paredes de la casa. Las palabras son eco de mi propio recuerdo solidario: en El Salvador, transformé en escuela la casa abandonada de mi madre. En Comalapa, Calel tiró de un hilo azul que hacía juego con el color de su camisa y pescó de su bolsillo una llave. Entramos en un jardín cercado, a cielo abierto. Escondidas entre la tierra y el follaje, piedras erosionadas donde imagino que beberán las gallinas recogen agua de lluvia. Calel recuerda que su abuela llamaba a las gallinas y a los loros temprano por la mañana: “KIT KIT KIT”. Entramos al jardín y lo cruzamos hasta otra entrada, dejando a nuestros pies el aroma de la tierra mojada. Cruzo un zaguán y me recibe el cielo. Como si mirara un tragaluz abierto en una pared, Calel ha apilado cielos de cartón.  Cajas de cartón abiertas y aplanadas, cubiertas de imágenes móviles y modulares del cielo. Mundos en mundos, el hogar de ensoñaciones inexhaustibles. Directamente a mi derecha, a la altura de los hombros, reposan n las estanterías carboncillos caseros, brillantes y afilados. Pienso en su potencial, listos para ser domados con una chispa y convertirse en una llama rabiosa, un ascua fulgurante. A lo lejos veo tres botellas de aguardiente embozadas en cemento. Se inclinan secuencialmente en ángulos de unos 22 grados. El líquido que contienen encuentra un equilibrio que conecta los objetos individuales. Presentamos nuestros respetos al altar del lugar. Gratitud.

Hablamos de casa de Calel. El café dulce nos calienta el cuerpo. Nos reciben las candelas. Las encendemos y las aseguramos sobre un pedestal de piedra. Después de no lograr encender mi vela, Calel me comparte unas palabras sabias. Poco después, mi llama prende. Cerca de la entrada al seno del hogar de Calel hay cientos de esferas de barro hechas a mano. Sus pisos de tierra toman forma en estos objetos meditativos, nacidos de las manos de Calel y su familia: transformación a través del agua, la saliva, el calor, y el tacto. Calel articula cómo se secan reteniendo el calor y la luz del sol. Describe cómo la sabiduría del objeto se libera con la acción. En mi estudio yo seguía un ritual para que mi meditación llegara al corazón del material. Resultó emocionante tener la experiencia contraria, pues Calel me compartió que es el corazón del material el que nos absorbe a nosotros, da forma a nuestra meditación. El espíritu de la materia. No hay palabras. La vulnerabilidad, fuerza, y calor que Calel compartió conmigo son la encarnación de la coexistencia, una forma diferente de entender lo que puede llegar a ser una visita a un estudio.  Es esta articulación constante de los matices de la experiencia y el lenguaje lo que alimenta las luchas revolucionarias de América Central. La solidaridad y la camaradería no murieron con la guerra fría. Diáspora ya no es sólo una palabra en una página. En Comalapa tuve un instante de extrañamiento: empecé por primera vez a ver cosas que me resultaban familiares. Ya no me sentía esotérico y opaco. Me llega el modo en que la filosofía de Calel emana de los objetos que él encauza.  Hay un acuerdo sincrético que no sacrifica el alma de lo que significa ser humano, la naturaleza dualista de todo. Fue un extrañamiento en forma de sabiduría y camaradería. Ya quiero regresar a Comalapa, a realinear mi estado físico con el espíritu del lugar. Por ahora, meditaré sobre el regalo de Calel. Una tierra redonda. Pequeña y expansiva. De gran potencial.  

- Oscar René Cornejo
Traducción por Fernando Feliu-Moggi