Ciudad de la mirada

 

En diciembre voy al oculista. La tecnología para ver el ojo ha cambiado drásticamente desde mis visitas de infancia, y me maravilla poder ver las venas y la mecánica interna que regulan mi vista. Me recuerda que hay todo un universo en este bulbo de tejidos superpuestos.

En 1967, el Museo de Arte Moderno de Nueva York recibió como regalo una serie de litografías de Rodolfo Abularach. Los grabados, que databan de los primeros años de las dos décadas que pasó investigando el ojo humano, servían de complemento a una compra hecha en 1966 del dibujo Stele, que el artista había completado en 1962 a tinta y pluma y que se había adquirido a través del Fondo Interamericano. La adquisición del MoMA formaba parte de lo que se ha convertido en la serie de obras más reconocidas de Abularach; de hecho, mi propia introducción a Abularach fue a través de estos dibujos de ojos a gran escala, a tinta sobre papel, que se mostraban en la galería Sol del Río. Los ojos de Abularach son de una variedad fabulosa. Algunos parecen surgir de espacios negros en campos ambiguos. Parecen convertirse en una especie de máquina, o abstracciones, o como tabletas de piedra, o retratos psicológicos, o meditaciones eróticas. En sus variaciones, son de una diversidad sin fin, y son prueba de nuestra relación egoísta con la vista. Se nos podría perdonar no conocer otros aspectos de su obra, porque esos ojos son de una belleza inquietante, diversos y complejos en su apariencia, a veces tan elegantes, otras tan kitsch. (Y, desafortunadamente, la imaginería del artista que no sea la de los ojos se muestra pocas veces en museos y galerías fuera de Guatemala). 

En agosto del año pasado, el artista, curador, y a veces colaborador de Piedrín, Gabriel Rodríguez, curó una retrospectiva de la obra de Abularach en Correos (el Centro Municipal de Arte), en el centro de la Ciudad de Guatemala. Entre lo que para mí fueron revelaciones, estaban los primeros cuadros de Abularach sobre toreros, bailarines de flamenco, y volcanes en erupción, su amplia práctica escultural, y sus lienzos abstractos. Esculturas en piedra se nutrían de las narrativas de la creación y las tradiciones de los indígenas de Centro América. Un gran lienzo del volcán Pacaya en erupción (1989) colgaba cerca de un torero y una bailadora de flamenco, ambos pintados en 1950. Un busto de mármol de una figura masculina Maya con un penacho descansaba en un pedestal frente a Espacio dorado, un lienzo de un ojo dorado, datado en 1978. El cubista Mujer peinándose, de 1957, estaba ubicado cerca de tres esculturas de mármol: figuras femeninas desnudas que iban acompañadas de otras idénticas en blanco y negro. Estos emparejamientos alejaban la exposición de cualquier argumento teleológico, proponiendo en cambio una serie de relaciones que se establecían a partir una visión no cronológica. 

La selección de Rodríguez presenta la experiencia física de mirar como una presunción formal (a veces de manera demasiado literal, al menos al presentar como motivo recurrente la relación escultura-mirada-pintura). Pero el genio propio de la exposición yace en la transformación de la longeva concentración de Abularach en el ojo en una forma de pensar las narrativas históricas. ¿Qué vemos cuando repensamos cómo vemos? ¿Cómo complica una figura Maya la imagen que se presenta detrás de ella, del ojo dorado, con sus sugestiones sobre tecnología, o viceversa? (Aquí, desde luego, también me refiero a la visión como metáfora).  Al otro lado de la calle, en el espacio satélite de la Casa Ibargüen, Rodríguez instaló en una sala entera fotocopias de ojos de Abularach: la instalación era a la vez algo extraño y travieso, atendiendo a la manera en la que los ojos de Abularach habrán sido percibidos por la comunidad de artistas de Nueva York a finales de los años 60. ¿Podemos reimaginar versiones históricas? Sabemos que la historia está llena de ángulos muertos y precisa de puntos de vista de otros lugares, otras experiencias, pero, ¿qué pasa si imaginamos la manera en la que la gente ve en una coyuntura específica, y lo comparamos a la manera en cómo ven algo antes, o después de ese momento? Las visiones anómalas podrían ser una manera de especular con la historia, de pensarla como algo que no está basado en el lenguaje y limitado a una idea de movimiento evolutivo, sino como algo impredecible, discordante y raro, cuya interpretación salta de un lado a otro.

Mi oculista busca anormalidades específicas en la pantalla de plasma y me muestra la imagen de mi ojo aumentada 100 veces. Lo bueno es que no encuentra ningún problema, pero me quedo pensando sobre los detalles y lo intrincado de la visión, las maneras anormales en las que vemos algunas cosas y otras no, la mecánica de lo que nos permitimos mirar, ese desajuste anacrónico y extraño entre ver y comprender. En algún momento durante el último año la municipalidad pintó un mural de ojos inspirados por la obra de Abularach en la pared de un parqueo de la 7ª Avenida. Hace poco, volviendo de una reunión, le hablé del mural al joven piloto de Uber que me llevaba, y que me había dicho que era aficionado al arte. “¡Wow!”, exclamó, “¡Manejo por acá todos los días, pero nunca lo había visto!”

- LA
Trad. FFM