Nombrar y Hacer

 
Tropo 2 (N), video instalación por Gustavo Artigas, en Espacio Yvonne (2016).

Tropo 2 (N), video instalación por Gustavo Artigas, en Espacio Yvonne (2016).

En su discusión sobre la acción comunitaria en la práctica artística, Reyes Josué Morales describe el gesto de tender un puente entre el arte y la vida diaria. En su caso, este gesto invita a consideraciones cotidianas sobre la creación de obra visual, y lo hace en un contexto de borrado. Estas prácticas diarias han desaparecido, “nos hemos alejado de ellas”, escribe. Su acción comunitaria Calentar los huesos es un ejemplo de esta superposición; en la pieza, Morales acude a los baños comunitarios locales durante varios días. Los ancianos lo bañan. Visita nuevamente una acción cotidiana, sacando a relucir su delicada sacralidad. Tacto y cuidado, intercambio íntimo, éstos son los puntos de contacto que pueden tan sencillamente borrarse, devaluarse y hacerse invisibles.

Me interesan las maneras en las que Morales tiende estos puentes; cómo la vida y el arte se funden a nivel práctico. Es decir, no escribo esto desde una posición ajena (aunque tal vez ese debería ser la advertencia de cualquier cosa que uno escriba). En agosto del año pasado, junto al diseñador Karl Williamson y la artista Hellen Ascoli, abrí mi casa como espacio de exposiciones y para artistas residentes. La idea del espacio es vivir junto a arte y gente que hace y piensa arte. Creemos que esta proximidad produce nuevas preguntas dentro de un ambiente íntimo y vulnerable. Es un gesto extraño abrirle la casa a un público (aunque sea pequeño, compuesto sobre todo de gente de la comunidad artística): en principio, ese gesto de apertura resulta sorprendente en un lugar donde la violencia es algo muy presente tanto en lo real como en lo imaginario. ¿Si hay cuatro puertas atrancadas, cámaras de seguridad y muros con vidrio roto bloqueando la entrada a mi casa, qué quiere decir abrir esas puertas y decir, “pasen, por favor, aquí estamos”?

Cuando dimos nombre a este espacio decidimos llamarla Yvonne (¿ves cómo casi de inmediato se vuelve persona?), adoptando el nombre del inmueble como personalidad del espacio. Me imagino a Yvonne como un tipo muy particular de persona, y admito la extrañeza de personificar un espacio. Ella invita a confusión, especialmente con mi propia sujetividad. Un artista visitante me llama Yvonne, picándome por papel que juego al definir el espacio. Pero acercándose más al espíritu de Yvonne, otros visitantes nos llaman a todos Yvonne –“Somos Yvonne” se convierte en la consigna. Poco a poco, los artistas aprenden que pueden pasar de visita, pueden llegar sin anunciarse, para charlar y tomar té o cerveza en el jardín. Esta fluidez entre el arte y la vida se da desde una posición muy específica, y no trata de sacar el arte a las calles, salvar vidas, ser una respuesta. Al contrario, propone un gesto mínimo, ofrecer un espacio seguro, un oasis en el tiempo, una plática compartida, un lugar para estar juntos. Los artistas también necesitan cuidados. En su menudencia, Yvonne me parece a menudo poco memorable, intrascendente, pero envuelve mi experiencia cotidiana. Tal vez esa sea la clave de las salas de baño públicas de Totonicapán: en su cotidianeidad, ofrecen algo difícil de regular, difícil de cuantificar, pero que se integra en la vida de uno en maneras significativas y a menudo olvidadas.

Se me ocurren muchos espacios en Guatemala donde hay artistas creando este tipo de apertura: Kamin en Comalapa, el estudio de Angel Poyón en Comalapa, Kit Kit de Edgar Calel en Comalapa, el Museo de la Colonia China en la Ciudad de Guatemala, la Fundación YAXS en la Ciudad de Guatemala, Sótano 1 en la Ciudad de Guatemala, Lea en Totonicapán, Canal Cultural en San Pedro La Laguna, Chichicaste en Panajachel… y tantos más. Yvonne es la nueva del barrio, uniéndose a una fiesta que aquí tiene raíces profundas.

En Estados Unidos, en los últimos meses, a medida que la presidencia de Donald Trump sigue con aspavientos gestuales que violan y revocan los derechos humanos, exhibe un desacato cruel por los cuerpos (humanos y no humanos), y se encauza hacia enfrentamientos violentos cada vez que puede—de hecho anima la violencia a todos los niveles con un descaro que no había observado en mi vida—la única seguridad que encuentro está en los pequeños gestos con los que estados, ciudades, organizaciones ciudadanas, familias e individuos enfrentan estas intrusiones. “Lo comunitario va más allá”, escribe Morales, “es una forma de hacer”.  Y así, tal vez sea infantil pensar que los pequeños gestos pueden ser significativos, pero en esta época los gestos mínimos parecen ser la única manera de evitar la parálisis; ofrecen una manera de hacer comunidad, y una forma de enfrentar el miedo y el dolor. Ante el fracaso de las instituciones, nos encontramos moviéndonos en modos minúsculos hacia un espacio compartido. Morales habla sobre hacer algo y luego nombrarlo. A veces también empezamos nombrando algo –señalándolo y reconociendo que existe. Y, de ahí, lo hacemos.

- LALW