“Las fotografías ofrecen un prisma a través del cual podemos estudiar el espacio posmoderno de la memoria cultural compuesta de sobras, de desechos, de objetos aislados que están ahí para ser recolectados y ensamblados de diversas formas, para contar una variedad de historias, desde una variedad de perspectivas a veces conflictivas.” [1]

- Marianne Hirsch, Family Frames

En Stafford, Kansas, donde mis abuelos trabajan la tierra, hay un museo comunitario, es el único lugar donde se puede ver la historia de ese pueblo a punto de desaparecer; recuerdo las entradas históricas sobre odontología y fotografía, los archivadores llenos de fotos de las escuelas rurales, las cunas con muñecos donados mostrando cierta forma de hacer una vida.

En Stafford, la familia nuclear, la iglesia y la cooperativa agrícola son los espacios sociales en los que se mueve la gente; los bebés, los dentistas, las escuelas, los granjeros, los scouts, y los pastores están registrados y representados en las salas del museo. Es el retrato de una comunidad hecho por esa misma comunidad varias décadas atrás, y aunque llevo años sin visitarlo, imagino que sigue ahí, empolvándose. Se presenta como un registro de la manera en que los antiguos habitantes de Stafford se imaginaban a ellos mismos, una cápsula del tiempo para sus nietos. Recuerdo especialmente la emoción que me daba encontrar ahí imágenes de mis abuelos y bisabuelos cuando eran jóvenes, sus rostros que observaban desde las fotografías de la escuela, o sus nombres que aparecían en las etiquetas de algunos exhibidores. Era un museo que casi nadie visitaba, pero era un lugar donde yo podía encontrar los rastros de mi familia, de mi pasado y que me permitía entender un poco más de dónde venía, después de habernos mudado tan lejos de ahí. Alejarse de (un tipo de) casa y de (una noción de) la familia cambia la manera en que entiendes lo que eres, y el lugar en que sitúas a tu gente. Pienso en la manera en que escogemos a qué aferrarnos, en ese estado transitorio entre los lugares.

Cuando el Museo de la Colonia China de la Ciudad de Guatemala abrió sus puertas en noviembre de 2016, más de 900 personas hicieron cola para entrar al espacio de exposición. Las filas serpentearon a través del edificio y llenaron los pasillos. El museo tiene dos salas que se enfocan en la construcción de la comunidad a través de fotografías y de ciertos documentos expuestos junto con algunos objetos –un gran tambor, un disfraz de dragón para desfiles, una maqueta del edificio que alberga la Colonia China-. El edificio fue construido en 1960 y ampliado en los noventas, pero el museo es nuevo, y está situado en el segundo nivel, en el corazón de este dinámico centro comunitario.

La exposición hace énfasis en la documentación que la comunidad hace de ella misma a través de fotografías, tablas, gráficos y recortes de periódicos. Una pared de gráficas circulares y de mapas presenta la distribución de la comunidad china de Guatemala por departamento y por ciudad, documentando su crecimiento desde los años 1880 hasta el día de hoy. Estamos aquí, y hemos estado aquí desde hace tiempo, recalca la información.

En un país donde la comunidad china ha sido –muchas veces por necesidad­– reacia al extraño, el gesto de abrir sus puertas al público marca un cambio notorio en las prácticas de la comunidad. Es un gesto de hospitalidad y es también un esfuerzo por autodefinirse. En su libro sobre familia, fotografía y memoria, Marianne Hirsch escribe, “El objetivo de analizar la 'familia' a través de la práctica fotográfica es precisamente el de subrayar su contingencia, el de delinear la apertura de sus fronteras y los muchos factores que, más allá de la biología, subrayan su poder de definición. La 'familia' es un grupo de afiliación, y las afiliaciones que la crean se construyen a través de varios procesos relacionales, culturales e institucionales – como el hecho de 'ver' y de fotografiar, por ejemplo.”[2] Si seguimos esta descripción de la familia e incluimos las redes familiares, el centro cultural es el ejemplo perfecto de un “grupo de afiliación”, una comunidad que se define por sus vínculos sociales y emocionales, o al menos por el deseo de crear esos vínculos. Uno de esos vínculos es la insistencia en el hecho de que uno existe. Las fotografías, nos enseña Roland Barthes, no son copias de la realidad, sino emanaciones de realidades pasadas que autentifican algo que existió y que indican el tiempo-espacio de esa realidad, insiste Barthes en que este proceso es en realidad “magia, no arte.” Recuerdo, en el museo de Stafford, la magia de hacer contacto visual con mi joven abuela, imaginándome que ella también me podía ver. El tiempo colapsa.

Este tipo de museo evidencia el punto de encuentro entre las historias privadas y las historias públicas, y ese punto de encuentro se describe a menudo a través de la fotografía. En el Museo de la Colonia China, fotografías de negocios familiares y de celebraciones públicas llenan las paredes. Madres cargando a sus bebés en tiendas de textiles, mirando a la cámara con una mezcla de orgullo, de felicidad y de paciencia. Retratos de estudio de hombres y mujeres de finales de siglo XIX y principios del XX, dispuestos en constelaciones y etiquetados con sus nombres. Fotografías grupales tomadas durante reuniones familiares y en la escuela, que describen los parentescos. Cómo explicar, siendo extranjera, la importancia que tiene este tipo de definición comunitaria, en un país donde el racismo es endémico en las conversaciones cotidianas, donde la palabra “chinito” no sólo se usa para describir a los empleados de las tiendas o llamar a los vendedores de comida callejera, sino que también aparece en nombres de restaurantes: El Chinito Veloz es un restaurante de comida china rápida, a una cuadra de donde vivo, y su caricatura de un chino corriendo para ir a dejar comida podría ser una reliquia de la propaganda anti-asiática de los años 40 en los Estados Unidos.

“¿Cuáles son las relaciones entre  la mirada y el poder, y cómo la cámara y el álbum intervienen y median esas relaciones?” se pregunta Hirsch.[3]

En las comunidades en las que vivo, la mayoría de mis amigos cercanos y colegas construyen sus hogares lejos de donde sus familias vivieron en generaciones anteriores. Construimos familias alternativas a partir de la intención de relacionarnos basados en otras afinidades: el trabajo compartido, el amor, la amistad, la experiencia, diferentes tipos de conocimiento. Es decir, al menos a nivel íntimo, construimos nuestros propios mundos. La fotografía sigue determinando en gran medida la manera en que interactuamos, nuestras cuentas de Instagram están saturadas de esfuerzos de autodeterminación y conexión con esta familia afectiva dispersa por el mundo.

Un libro voluminoso con registros de la Sociedad de Beneficencia China se presenta abierto en una página que describe a una joven que habrá tenido 31 años en 1933, según nos explican. Nos dice el documento que tuvo tres hijos y vivió en el pueblo de Colomba en Quetzaltenango, y que además tenía una cicatriz visible en su rostro. Dos fotografías –una frontal, otra de perfil– muestran sus facciones delicadas, su corte de pelo moderno, su elegante chaqueta. No veo la cicatriz, pero imagino quien pudo ser y me pregunto dónde estarán sus hijos ahora.

Tocamos el pasado a través de la fotografía, aunque las fotografías sean documentos imperfectos. Pero de eso se trata, ¿no? Entre las cosas que sabemos y las cosas que intuimos está el espacio de la comprensión, el que te permite conocer a alguien en su mundo a través del tiempo. No estoy segura que logremos realmente conocer a la otra persona, o saber lo que siente. En vez de eso, intentamos describir, asir con nuestras manos lo que sus vidas pudieron haber sido, con malas traducciones y términos que son completamente inadecuados. Lo mejor que podemos ofrecer entonces, es una especie de empatía y un esfuerzo por entender. Yo estoy aquí, tú estabas allá: te veo.

-LALW

 

[1] Marianne Hirsch, Family Frames: Photography, Narrative, and Postmemory (Boston: Harvard University Press, 1997), 13.

[2] Hirsch, Family Frames, 10.

[3] Hirsch, Family Frames, 12.