La fragilidad de la espera
por Julio Serrano Echeverría

Un ejercicio de lectura de la exposición Región antes de Cecilia Porras

Walter Benjamin miraba en el famoso Angelus Novus de Klee “una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies”, el Ángel de la Historia con sus piecitos livianos pareciera alejarse de esas ruinas, tiene alas el ángel, haga lo que haga, léase como se lea, la podrá sobrevolar.

En un territorio en el que los temblores son parte de la danza cotidiana,  en el que las montañas caen sobre aldeas, colonias marginales, sobre carreteras y sobre las personas que tratan de desenterrar a quienes ya fueron sepultados por el alud; en un territorio en el que demasiadas cosas se derrumban, arden, se quiebran hemos aprendido a caminar entre los escombros.

En ese sentido, Benjamin ve catástrofes acumuladas en ruinas donde probablemente acá veamos montañas, cicatrices de tierra y piedra en las que vuelven a crecer las plantas. No nos es ajeno caminar con cuidado entre aquello que se derrumbó. Alguna habilidad hemos desarrollado entre el material acumulado y caótico, acaso caminamos todos los días sobre los escombros de nuestra memoria.

Y pienso en el trabajo de Cecilia Porras, en un piso de barro rajándose por sí mismo –seco, rajándose con el paso de los días-, en una montaña de escombros en las que sobreviven no los muros como ruinas, sino pequeñas edificaciones que algunos niños históricos hicieron sobre el desastre de la tábula rasa. Apilar una piedra sobre otra, como jugando: el sentido. Quedarse a la espera ante una pirámide de carbón, la promesa de aquello que fue fuego y que en cualquier momento podría volver a serlo, y sin embargo, alguien que esperaba la luminosa llegada se marchó, quedó vacía la silla. Y entre todo ello la materia. El barro, la piedra, el carbón, cada uno con su propia historia. Y es que quizá en esta exposición de Porras como en el día a día de pueblos como los mesoamericanos, la materia tiene su propio relato y muchas veces es más bien nuestro relato.  

Cambiar la proporción de lo humano a veces es necesario para entender que todo esto no fue hecho para nosotros. Cómo decirlo, como si al estar aplastado entre los escombros, al saber que nuestro peso quebrará irremediablemente el piso en el que estamos, o al vivir el universo desde una silla de ruedas, nos veremos obligados a replantear nuestra relación con el entorno.  Escuchar, por decirlo de algún modo, el relato de aquello que espera junto con nosotros. Y es que, ¿acaso el mismo barro no espera la resolución de una cama vacía cubierta por la tierra como con una sábana de tiempo y memoria?, ¿acaso el carbón apilado que deja su rastro, su aullido en las paredes manchadas no aspira a su manera sentarse en la silla empotrada en sus entrañas?, ¿y si no fueron unos niños al atardecer quienes colocaron piedra sobre piedra, y fueron las piedras quienes empezaron su propia ruta para apagar la luz que cuelga sobre el techo enrarecido?

Hay una clave en un poema pegado en la pared, en el poema se leen como una suerte de estribillo los versos “Y ellos no venían” para terminar el texto con un contundente“y ellos no vinieron”,  y entonces leemos ese poema, ahí de pie en medio de una habitación que tiene un sutil aroma a escombros, y podemos imaginar cómo caímos en la trampa, como si la materia hubiera poseído a Cecilia Porras para poner todas las piezas ahí y dejarnos de pie frente a ella, frente al barro, a las piedras, al carbón, ¿y si nos estaban esperando a nosotros?, ¿era nuestra esa ausencia?

- JSE